sábado, 7 de enero de 2012

PERO CUANDO LLEGÓ LA Y 14a NOCHE

Ella dijo:

 He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! que el segundo saaluk dijo a la dueña de la casa:

¡Oh mi señora! Al oír la princesa el ruego de su padre, cogió un cuchi­llo que tenía unas inscripciones en lengua hebrea, trazó con él un círculo en el suelo, escribió allí varios ren­glones talismánicos, y después se colocó en medio del círculo, mur­muró algunas palabras mágicas, leyó en un libro antiquísimo unas cosas que nadie entendía, y así permaneció breves instantes. Y he aquí que de pronto nos cubrieron unas tinieblas tan espesas, que nos creímos ente­rrados bajo las ruinas del mundo.

Y súbitamente apareció el efrit Geor-­girus bajo el aspecto más horrible, las manos como rastrillos, las piernas como mástiles y los ojos como tizo­nes encendidos. Entonces nos aterro­rizamos todos, pero la hija del rey le dijo; “¡Oh, efrit! No puedo darte la bienvenida ni acogerte con cordialidad.” Y contestó el efrit: “¿Por qué no cumples tus promesas? ¿No juras­te respetar nuestro acuerdo de no combatirnos ni mezclarte en nuestros asuntos? Mereces el castigo que voy a imponerte. ¡Ahora verás, traidora!” E inmediatamente el efrit se convir­tió en un león espantoso, el cual, abriendo la boca en toda su exten­sión, se abalanzó sobre la joven. Pero ella, rápidamente, se arrancó un cabello, se lo acercó a los labios, murmuró algunas palabras mágicas, y en seguida el cabello se convirtió en un sable afiladísimo. Y dio con él tal tajo al león, que lo abrió en dos mitades. Pero inmediatamente la cabeza del león se transformó en un escorpión horrible, que se arras­traba hacia el talón de la joven para morderla, y la princesa se convirtió en seguida en una serpiente enorme, que se precipitó sobre el maldito escorpión, imagen del efrit, y ambos trabaron descomunal batalla. De pronto, el escorpión se convirtió en un buitre y la serpiente en un águila, que se cernió sobre el buitre, y ya iba a alcanzarlo, después de una hora de persecución, cuando el buitre se transformó en un enorme gato negro, y la princesa en lobo. Gato y lobo se batieron a través del palacio; hasta que el gato, al verse vencido; se convirtió en una inmensa granada roja y se dejó caer en un estanque que había en el patio.. El lobo se echó entonces al agua, la granada, cuando iba a cogerla, se ele­vó por los aires, pero como era tan enorme cayó pesadamente sobre el mármol y se reventó. Los granos, desprendiéndose uno a uno, cubrie­ron todo el suelo. El lobo se trans­formó entonces en gallo, empezó a devorarlos, y ya no quedaba más que uno, pero al ir a tragárselo se le cayó del pico, pues así lo había dispuesto la fatalidad, y fue a escon­derse en un intersticio de las losas, cerca del estanque. Entonces el gallo empezó a chillar, a sacudir las alas y a hacernos señas con el pico, pero no entendíamos su lenguaje, y como no podíamos comprenderle, lanzó un grito tan terrible, que nos pareció que el palacio se nos venía encima. Des­pués empezó a dar vueltas por el patio, hasta que vio el grano y se precipitó a cogerlo, pero el grano cayó en el agua y se convirtió en un pez. El gallo se transformó enton­ces en una ballena enorme, que se hundió en el agua persiguiendo al pez, y desapareció de nuestra vista durante una hora. Después oímos unos gritos tremendos y nos estreme­cimos de terror. Y en seguida apareció el efrit en su propia; y horrible figura, pero ardiendo como un ascua, pues de su boca, de sus ojos y de su nariz salían llamas y humo; y detrás de él surgió la princesa en su propia forma, pero ardiendo también como metal en fusión; y persiguiendo al efrit, que ya nas iba a alcanzar. Entonces, temiendo que nos abrasase, quisimos echarnos al agua, pero el efrit nos detuvo dando un grito espantoso, y empezó a resollar fuego contra todos. La princesa lanzaba fuego contra él, y fue el caso que nos alcanzó el fuego de los dos, y el de ella no nos hizo daño, pero el del efrit sí que nos lo produjo, pues una chispa me dio en este ojo y me lo saltó; otra dio al rey en la cara, y le abrasó la barbilla y la boca, arrancándole parte de la dentadura, y otra chispa prendió en el pecho del eunuco y le hizo perecer abra­sado.

Mientras tanto, la princesa perse­guía al efrit, lanzándole fuego enci­ma, hasta que oímos decir: “¡Alah es el único grande! ¡Alah es el único poderoso! ¡Aplasta al que reniega de la fe de Mohamed, señor de los hom­bres!” Esta voz era de la princesa, que nos mostraba al efrit enteramen­te convertido en un montón de ceni­zas. Después llegó hasta nosotros y dijo: “Aprisa, dadme una taza con agua.” Se la trajeron, pronunció la princesa unas palabras incomprerisi­bles, me roció con el agua, y dijo: ¡Queda desencantado en nombre del único Verdadero! ¡Por el pode­roso nombre de Alah, vuelve a tu primitiva forma!”

Entonces volví a ser hombre, pero me quedé tuerto. Y la princesa, que­riendo consolarme, me dijo: “¡El fuego siempre es fuego, hijo mío!” Y lo mismo dijo a su padre por sus barbas chamuscadas y sus dientes rotos. Después exclamó: ¡Oh padre mío! Necesariamente he de morir, pues está escrita mi muerte. Si este efrit hubiese sido una simple criatura humana, lo habría aniquilado en seguida. Pero lo que más me hizo sufrir fue que, al dispersarse los gra­nos de la granada, no acerté a devorar el grano principal, el único que contenía el alma del efrit; pues si hubiera podido tragármelo, habría perecido inmediatamente. Pero ¡ay de mí! tardé mucho en verlo. Así lo quiso la fatalidad del Destino. Por eso he tenido que combatir tan terri­blemente contra el efrit debajo de tierra, en el aire y en el agua. Y cada vez que él abría una puerta de sal­vación, le abría yo otra de perdición, hasta que abrió por fin la más fatal de todas, la puerta del fuego, y yo tuve que hacer lo mismo. Y después de abierta la puerta del fuego, hay que morir necesariamente. Sin em­uargo, el Destino me permitió que­mar al efrit antes de perecer yo abrasada. Y antes de matarle, quise que abrazara nuestra fe, que es la santa religión del Islam, pero se negó, y entonces lo quemé. Alah ocupará mi lugar cerca de vosotros, y esto podrá serviros de consuelo.”

Después de estas palabras empezó a implorar al fuego, hasta que al fin brotaron unas chispas negras que subieron hacia su pecho. Y cuando el fuego le llegó a la cara, lloró, y luego dijo: “¡Afirmo que no hay más Dios que Alah, y que Mohamed es su profeta!” No bien había pro­nunciado estas palabras, la vimos convertirse en un montón de ceniza, próximo al otro montón que forma­ba el efrit.

Entonces nos afligimos profunda­mente. Gustoso habría yo ocupado su lugar, antes que ver bajo tan mísero aspecto a aquella joven de radiante hermosura que tanto quiso favorecerme; pero los designios de Alah son inapelables.

Al advertir el rey la transforma­ción sufrida por su hija, lloró por ella, mesándose las barbas que le quedaban, abofeteándose y desga­rrándose las ropas. Y lo propio hice yo. Y los dos lloramos sobre ella. En seguida llegaron los chambelanes, y los jefes del gobierno hallaron al sultán llorando aniquilado ante los dos montones de ceniza. Y se asom­braron muchísimo, y comenzaron a dar vueltas a su alrededor, sin atre­verse a hablarle. Al cabo de una hora se repuso algo el rey, y les contó lo ocurrido entre la princesa y el efrit. Y todos gritaron; “¡Alah! ¡Alah! ¡Qué gran desdicha! ¡Qué tremenda desventura!”

En seguida llegaron todas las da­mas de palacio con sus esclavas, y durante siete días se cumplieron todas las ceremonias de duelo y de pésame.

Luego dispuso el rey la construc­ción de un gran sarcófago para las cenizas de su hija, y que se encendie­sen velas, faroles y linternas día y noche. En cuanto a las cenizas, del efrit, fueron aventadas bajo la maldición de Alah.

La tristeza acarreó al sultán una enfermedad que le tuvo a la muerte. Esta enfermedad le duró un mes entero. Y cuando hubo recobrado algún vigor, me llamó a su presencia y me dijo: “¡Oh joven!, Antes de que vinieses vivíamos aqui nuestra vida en la más perfecta dicha, libres de los sinsabores de la suerte. Ha sido necesario que: tú vinieses y que viéramos tu hermosa letra para que cayesen sobre nosotros todas las aflic­ciones ¡Ojalá no te hubiésemos visto nunca a ti, ni a tu cara de mal agüero, ni a tu maldita escritura! Porque primeramente ocasionaste la pérdida de mi hija, la cual, sin duda, valía más que cien hombres. Des­pués, por causa tuya, me quemé lo que tú sabes, y he perdido la mitad de mis dientes, y la otra mitad casi ha volado también. Y por último, ha perecido mi pobre eunuco, aquel buen servidor que fue ayo de mi hija. Pero tú no tuviste la culpa, y mal podrías remediarlo ahora. Todo nos ha ocurrido a nosotros y a ti por voluntad de Alah. ¡Alabado sea por permitir que mi hija te desencantara, aunque ella pereciese! ¡Es el Destino! Ahora, hijo mío, debes abandonar este país, porque ya tenemos bastante con lo que por tu causa nos ha pasado. ¡Alah es quien todo lo decre­ta!, ¡Sal, pues, y vete en paz!”

Entonces, ¡oh mi señora! abando­né el palacio del rey, sin fiar mucho en mi salvación. No sabía adonde ir. Y recordé entonces todo cuanto me había ocurrido, desde el principio hasta el fin, cómo me habían dejado sano y salvo los árabes del desierto, mi viaje y mis fatigas de un mes, mi entrada en la ciudad coma extran­jero, el encuentro con el sastre, la entrevista e intimidad tan deliciosa con la joven del subterráneo, el modo de escaparme de las manos del efrit que me quería matar, todo, en fin; sin olvidar mi transformación en mono al servicio después del capitán mercante, mi compra a elevado pre­cio por el rey a consecuencia de mi hermosa letra, mi desencanto, ¡en fin, todo! Pero más que nada, ¡hay de mí! el último incidente, que me hizo perder un ojo. Pero di gracias a Alah, y dije: “¡Más vale perder un ojo que la vida! Después de esto, fui al hammam a tomar un baño antes de salir de la ciudad. Entonces, ¡oh señora mía! me afeité la barba para poder viajar seguro en calidad de saaluk. Desde aquella fecha no he dejado ni un día de llorar pensando en las desgracias -que sobre mí han caído, y sobre todo en la pérdida de mi ojo izquierdo. Y cada vez que esto me viene a la memoria, el ojo derecho se me llena de lágrimas, que no me dejan ver, aunque nunca me impedirán pensar en estos versos del poeta:



¿Conoce Alah misericordioso mi afliccíón? ¡Las desdichas pesan sobre mí, y me he dado cuenta de ellas demasiado tarde!

¡Pero haré acopio de paciencia fren­te a mis grandes desventuras, para que el mundo no ignore que he tomado con paciencia algo que es mas amar­go que la misma paciencia!

¡Porque la paciencia tiene su belleza, sobre todo, cuando es el hombre pia­doso quien la practica! ¡De todos modos, ha de ocurrir lo que, haya deci­dido Alah respecto a cada criatura!

¡Mi misteriosa amada conoce los secretos de mi lecho, y ninguno, aun­que sea el secreto de los secretos, puede ocultársele!

¡Al que diga que hay delicias en este mundo, contestadle que pronto conoce­rá días más amargos que el jugo de la mirra!



Entonces salí de la ciudad aquella, viaje por varios países, atravesé sus capitales, y luego me dirigí a Bag­dad, la Morada de Paz, donde espero llegar a ver al Emir de los Creyentes para contarle cuanto me ha ocurrido.

Después de muchos días de viaje, he llegado esta misma noche a Bag­dad, y encontré muy perplejo al hermano que está ahí, al primer saaluk, y le dije: “¡La paz sea con­tigo!” Y él me contestó: “¡Y contigo la paz, y la misericordia de Alah, y todas sus bendiciones!”

Entonces empecé a charlar con él, y se nos acercó el otro hermano, el tercer saaluk, quien después de desearnos la paz, nos dijo que era extranjero. Y nosotros le dijimos: “También somos extranjeros, y he­mos llegado hoy a esta ciudad ben­dita.” Y echamos a andar juntos, sin que ninguno supiera la historia de sus compañeros. Y la suerte y el Des­tino nos guiaron hasta esta puerta, y entramos en vuestra casa.

He aquí, ¡oh mi señora! los moti­vos de que me veas tuerto y con la barba afeitada.”

Entonces la dueña de la casa dijo al segundo saaluk: “Tu historia es realmente extraordinaria. Ahora alí­sate un poco el pelo sobre la cabeza y ve a buscar tu destino por la ruta de Alah.”

Pero él respondió: “En verdad que no saldré de aquí sin haber oído el relato de mi tercer compañero.”

Entonces el tercer saaluk dio un paso y dijo:

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